"Infancia en riesgo es una expresión que se ha puesto de moda en la última década para hacer referencia a la situación de aquellos niños y niñas que viven inmersos en unas condiciones de vida que obstaculizan, perjudican o pueden perjudicar a corto y medio plazo su normal desarrollo como seres humanos especialmente vulnerables, entendiendo éste como un todo que incluye tanto los elementos físico-biológicos, psicológicos, emotivos, socio-afectivos, etc.
Cuando la evolución de un niño o niña en cualquiera de estos aspectos se ve amenazada o se halla comprometida por factores comprendidos en el entorno familiar y/o social inmediato, hablamos de infancia en riesgo o alto riesgo psico-social." (Infancia en riesgo e infancia maltratada, Montse Cusó).
Y aquí es donde entra en juego el papel del educador y la educadora social que, entre otras cosas, tiene como funciones y como objetivos ser modelos y referentes, acompañar los procesos personales, incidir educativamente para descubrir las potencialidades y capacidades y poder así ayudar y aportar los medios para que las desarrollen, etc. Es decir, educar en el ámbito de los valores, la personalidad, la comunicación...
Los niños a los que normalmente se cataloga como "niños difíciles" suelen tener más problemas para comunicarse o para comportarse de la manera que la sociedad considera correcta, la mayor parte de las veces porque no han tenido un buen referente o un buen modelo a seguir. Hay que tener en cuenta que esos niños desarrollan su personalidad y por lo tanto se comportan de una manera acorde con la medida en que poseen los recursos personales y sociales para satisfacer sus necesidades y afrontar progresivamente las capacidades con éxito. Estos recursos implican tanto las capacidades y habilidades personales del niño, como el apoyo familiar, afectivo y social con que cuenta y se van adquiriendo a través del aprendizaje y, en definitiva, del conjunto de vivencias y experiencias. Pero no todos los niños poseen estos recursos por igual, ya que algunos tienen carencias en uno o varios ámbitos y esto les puede causar la sensación de no ser comprendidos, aceptados o queridos, la cual cosa puede repercutir de forma muy negativa en su conducta y en su manera de ser.
Por lo tanto, y sin querer justificar cualquier tipo de conducta, antes de catalogar y etiquetar a alguien de "niño difícil" o "niño conflictivo" habría que estudiar y analizar muy bien, entre otras cosas, su ambiente y su contexto más inmediato, para que nos ayude después a decidir cómo actuar.

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